Enrique Santos escribe como defensor del proceso de paz y como individuo que ansía el fin del conflicto armado.

Por Pablo Catatumbo

Integrante del Secretariado Nacional de las FARC-

Resultó por lo menos sorpresivo el lanzamiento reciente de “Así empezó todo”, última publicación del periodista Enrique Santos, hermano del Presidente de la República y negociador del gobierno de Colombia en la fase exploratoria del actual proceso de paz. Sorpresivo tanto por romper el silencio que el autor había mantenido respecto a su actuación, como por el hecho de que el libro en cuestión ha sido promocionado de una manera efectista, contradiciendo los planteamientos que el mismo autor realiza en él sobre el papel de los medios de comunicación en las conversaciones de paz. Con el enganchador subtítulo de “El cara a cara secreto entre el gobierno y las FARC en La Habana”, el de Santos Calderón puntea ya entre los libros más vendidos del país.

Lo anterior no es óbice para acercarse críticamente a “Así empezó todo” y encontrar en él claves para el análisis del actual momento de la Mesa de Conversaciones, sus avances y retrocesos, y el futuro inmediato de Colombia.

La particular visión del autor, gran parte del tiempo ocupada en criticar a las FARC-EP y en reforzar el arquetipo mediático imperante, no implica por otro lado que este escriba desde la orilla de la extrema derecha más retrógrada de nuestro país. Enrique Santos escribe como defensor del proceso de paz y como individuo que ansía el fin del conflicto armado. Pero lo hace, fundamentalmente, como un periodista que busca impactar al público y convertir en un relato controversial el trámite natural de la discusión de dos partes en contienda.

Sin embargo, la lectura de “Así empezó todo” nos obliga a realizar precisiones. Algunas superficiales pero imperdonables, como pretender que los automóviles Skoda son polacos y los Ladas checos. Las de real importancia para el contexto del fin del conflicto, son por lo menos tres:

La primera, la manera casi tangencial como Enrique Santos quiere tratar el asunto de la muerte del comandante Alfonso Cano. Un hecho de tamaña magnitud, sobre el que el autor maneja información de primera mano, no puede despacharse así de agache. La decisión política de las FARC-EP de continuar los diálogos a pesar de este execrable crimen, no exculpa al gobierno Santos de la responsabilidad por un asesinato en condiciones de indefensión por fuera de todo derecho de gentes. Un periodista que invoca permanentemente la verdad, que además es integrante del equipo negociador del gobierno y hermano del principal determinador de la ejecución, que a la sazón es el Presidente de la República, no puede excusarse en un pretendido desconocimiento, ni recortar el testimonio que ha aportado el arzobispo de Cali.

La segunda, la manera olímpica y casi anecdótica como se despacha el asunto del “quién invitó a quién” en los primeros contactos entre el comandante Alfonso y el Presidente Santos, tendiendo un manto de duda sobre las afirmaciones que voceros de las FARC-EP hemos hecho recordando la afirmación del Presidente Santos sobre la viabilidad de la discusión de la Plataforma Bolivariana en una mesa de conversaciones.

Al respecto cabe recordar que el facilitador Henry Acosta, el mismo que había servido de intermediario del Presidente Uribe unos meses atrás para proponer diálogos de paz a las FARC-EP, al cumplir su misión ante nosotros expresa que se reunió el día 6 de septiembre de 2010 en Palacio durante dos horas y media con el Presidente Santos en persona, quien le pide traer las siguientes razones entrecomilladas de su parte:

Él quiere “parar la guerra y negociar ya el conflicto histórico con las FARC. Las razones de lucha de las FARC son ciertas y valederas, pero lo que le hace daño al país son los métodos de lucha que usan”. “Estoy convencido que las causas que originaron la lucha de las FARC son negociables, su plataforma de 12 puntos es un programa mínimo, allí hay espacio para una negociación y para allegar un acuerdo”.

Enrique Santos, en su libro, prefiere atribuir lo anterior a un equívoco del facilitador, nunca expresado por su hermano Juan Manuel. ¿Mala memoria?

La tercera, la manera furtiva como se presenta el asunto del collar bomba del año 2000. A más de una década de ese montaje mediático en nuestra contra, sigue siendo consenso en los medios de comunicación la pretendida responsabilidad de las FARC-EP en tan horripilante hecho. No se trata de algo aislado, sino de un capítulo de la sistemática estrategia de desprestigio con que el entramado comunicacional colombiano, al que Enrique Santos pertenece, ha pretendido deslegitimar a las guerrillas revolucionarias. El autor, por mínima consecuencia, no puede abordar esta cuestión de manera tan campante.

Ahora, repasando los planteamientos de fondo de Enrique Santos, encontramos una insistencia permanente que no podemos dejar de lado: la de que las FARC-EP son un movimiento anacrónico que dejó pasar el tren de la historia y por tanto, se convirtió en un lastre para la nación. Recalca este aspecto con permanentes referencias al pretendido dogmatismo de nuestros voceros y en la insistencia de nuestra Delegación de Paz por tocar temas nodales como el agrario o el de la justicia social. Confunde de esta manera Enrique Santos la mano dura y el anacronismo, con la vehemencia de quien actúa en concordancia con sus ideales.

Los voceros de las FARC-EP estamos profundamente convencidos de nuestros planteamientos. Estos no provienen ni de manuales extranjeros ni de fórmulas arcaicas. Constancia hay de que precisamente hemos sido nosotros los que hemos traído a debate elementos propositivos respecto a los distintos temas nodales de la Agenda de La Habana. Muestra diciente son los elementos modernizantes y progresistas contenidos en los avanzados borradores conjuntos que son ya consenso de la Mesa y en las 28 salvedades que faltan aún por dirimir.

Valga anotar que arcaicos y anacrónicos son quienes insisten en el militarismo y la guerra como salidas para el país (entre los que no incluyo a Enrique Santos), quienes consideran la pobreza y la miseria como cuestiones naturales e inmutables, y quienes persisten en creer intocable la libertad para acumular riquezas a costa de explotar los demás o los recursos pertenecientes a la nación (entre los que sí incluyo a Enrique Santos). En el ambiente de integración y desarrollo de la América Latina de hoy, los dinosaurios son los que entrañan al antiguo régimen.

Volviendo al libro en cuestión, comentario aparte merece el otro arquetipo que delinea Enrique Santos: el de una suerte de estrategia macabra diseñada de antemano por las FARC-EP para el desarrollo del proceso de paz. Estrategia que buscaría una infinita dilación de la Mesa como forma de acceder a los medios de comunicación y a relaciones públicas, al tiempo que se fuerza a la opinión pública a un cese bilateral tendiente al fortalecimiento militar.

Estos argumentos no pueden ser más falsos. La duración de los diálogos ha dependido de la misma marcha de la discusión de los temas planteados, los cuales no son para nada sencillos.

Basta analizar concienzudamente los tres acuerdos parciales ya alcanzados para comprender la real trascendencia del debate a fondo que han emprendido ambas delegaciones. Además, Enrique Santos parece olvidar la trascendencia político-electoral que ha buscado imprimirle a la Mesa de La Habana su propio hermano. Hay, eso sí, una verdadera estrategia del gobierno en torno a hacer coincidir los eventos de las conversaciones con el termómetro electoral, para lo cual no vacila en apelar a un verdadero arsenal mediático.

Olvidar esta última cuestión y pretender que los limitados avances que en materia de medios de comunicación hayamos podido tener las FARC-EP, constituyen el fin último de la apuesta de la guerrilla en la mesa de diálogo, es buscar distorsionar la realidad de estos ya más de tres años de trabajo por la paz.

Lo mismo vale para lo referente al cese bilateral y el armisticio. Es curioso: siempre que hay coincidencia entre alguna postura de la delegación del gobierno con encuestas o con la opinión de algún columnista o académico, se habla de clamor nacional o de una opinión generalizada. Pero cuando coincide la insurgencia con organizaciones sociales y políticas, con personalidades y académicos, se trata de una burda conspiración. La tregua constituye ya una reivindicación creciente en el país, y pretender deslegitimarla es una pésima señal. De nuestra parte basamos nuestra insistencia en el cese bilateral en dos razonamientos fundamentales. El primero, que es fundamental salvaguardar la mayor parte de vidas humanas para el logro de la paz: todos los colombianos y colombianas merecemos vivir el fin de la guerra. Adicional a este criterio humanitario, sostenemos que resulta urgente aclimatar las condiciones para el logro efectivo de la paz y no hay mejor manera de hacerlo que llegando a la tregua.

Por último vale la pena una última aclaración. Alfonso Cano nunca fue la persona sombría y frustrada que dibuja Enrique Santos. Se trató de la mente más vívida de una generación de revolucionarios, un verdadero arquitecto de ideas y propuestas. Fue siempre imposible desligar su vida militante de su vida cotidiana, pues siempre puso la responsabilidad como valor central. Por eso mismo su norma de comportamiento fue la seriedad. Esto no le impidió ser ajeno a la alegría y a sus pequeños placeres: el cine, el fútbol, la lectura. Fue, además, un gran amigo, circunstancia de la que doy testimonio personal. De estar vivo hoy Alfonso Cano, estoy seguro, no dudaría un segundo en recoger el guante que le deja Enrique Santos para comprometerse con una columna semanal.

La Habana, 22 de enero de 2014.